Vuelvo a esta sala y el tiempo se deshace. Las paredes son las mismas. Blancas. Frías. Ingratas. El aire huele a lo que no se dice: a silencio estéril, a miedo escondido bajo una bata, a decisiones que te rompen pero no se notan. Guau, así de golpe ? !
Estoy aquí para poder consultar una simple duda de una citación por mi barrita anticonceptiva . Pero mi cuerpo sabe que no es solo eso. Sabe que aquí, hace años, me quedé vacía por dentro. La espera se me hace eterna...
Tenía 19 años. Aunque en ese entonces me sentía como una niña que había cometido un error demasiado grande. Estaba sola. No porque no existieran personas a mi alrededor, sino porque nadie podía sostenerme de verdad en ese momento. Nadie podía entrar conmigo a ese abismo.
Recuerdo sentarme justo aquí, en esta misma silla. Tenía las manos heladas, los labios mordidos y el alma hecha un nudo. Recuerdo el ruido del reloj, cada tic tac clavándose como una aguja. El tiempo no avanzaba, y yo no quería avanzar tampoco.
Lo supe desde que vi las dos rayitas. No grité. No lloré. Solo me quedé quieta.Paso el tiempo y pequeñas lágrimas caían sin cesar... Era tan irónico... ese instante en que muchas saltarían de alegría, para mí fue un vacío tan profundo que casi no respiré.
Lo amé, aunque nunca lo vi. Lo sentí, aunque nunca latió del todo. Era mío. Era parte de mí. Y también era mi miedo, mi angustia, mi límite.
¿Y sabeis qué fue lo más cruel? Que no quería perderlo. No quería. Pero tuve que hacerlo. No por comodidad. No por cobardía. Por amor. Porque no estaba lista para darle lo que merecía. Porque mi vida también contaba. Y nadie me enseñó a elegir entre dos amores imposibles: el que estaba creciendo en mi vientre, y el que yo aún no había podido construir para mí misma.
Cuando entre en la consulta para la intervención sentí que se apagaba una parte de mi alma. Tenía miedo, mis ojos se hacían mares inmensos, una voz en la cabeza me decía , contente... Por un momento con la ayuda de la doctora me sentí tan segura y protegida. Me pidió que contase del 5 hacia atrás... 4, 3, 2, ...
Salí con el cuerpo más liviano, pero el pecho… el pecho pesaba toneladas, aparte de sentirme en una nube e ir mareada, Salí con un zumito de naranja.
Desde entonces, hay días en los que me abrazo en la cama y lloro por alguien que no tuvo nombre. Por alguien que no llegó a decir “mamá”. Y me duele. Me duele profundamente.
Pero también aprendí a perdonarme.
Hoy estoy aquí, de nuevo, sentada con las piernas cruzadas, las manos sudadas y el corazón en pausa. Nadie lo nota. Nadie sabe que, en esta sala, murió una parte de mí. Y que esa muerte fue un acto de amor silencioso.
Si pudiera hablarle a esa yo de entonces, le diría: “No eres una mala persona. No eres menos mujer. No eres menos madre por haber elegido. Lloralo. Amalo. Pero no te odies más.”
Y me lo repito a mí misma también. Porque a veces, para vivir, hay que hacer lo que más duele.
Y yo… yo sigo viva. Aunque a veces, tenga que recordar que también morí un poquito para lograrlo.
KCR
No hay comentarios:
Publicar un comentario
¡Gracias por haber comentado esta entrada!