con el alma rota, aún temblando de otras guerras. Disfrutando de un placer tan intenso, tan dulce tan especial...
Tú con tus silencios a cuestas,
yo con mis dudas escondidas en la voz.
No era el momento, lo sabíamos.
Pero aún así, ahí estábamos…
mirándonos como si el tiempo se burlara de todo lo que aún no sanamos.
Tus ojos tenían ese brillo,
ese que me arrancó el aire sin permiso,
como un faro en mitad de mi naufragio.
¿Hace cuánto no me sentía así?
¿Hace cuánto no veía esperanza en la mirada de alguien? ¿Hace cuanto no miraba a unos ojos y me derretía al instante ?
Sentir por ti… dolía.
Porque lo que florecía en mi pecho
no tenía tierra firme para crecer,
y en nuestras manos temblaban promesas que aún no sabíamos si podíamos sostenerlas .
Y sin embargo, el alma no sabe esperar,
ella se lanza, se parte, se expone,
sin saber de tiempos ni cicatrices,
como si amar fuera su única manera de sanar.
Pero nosotros…
nos tocó aprender que hay amores
que llegan para enseñarte
lo mucho que aún necesitas estar solo,
lo mucho que duele mirar a alguien
y saber que no puedes quedarte,
porque aún no sabes cómo sostenerte.
La soledad… esa vieja maestra que no acaricia, pero enseña.
Nos mostró que a veces el amor más valiente es el que se detiene,
el que no fuerza, el que acepta que hoy no, aunque el corazón grite que sí.
Nos quedamos con ese instante suspendido,
ese destello en la mirada,
ese temblor en la voz,
esa promesa no hecha, pero sentida.
Y duele, claro que duele…
sentir que algo tan real
nació en un momento tan errado.
Pero también hay belleza en el dolor
que nos recuerda que aún podemos sentir, que no estamos rotos del todo,
que aún hay luz dentro.
Quizás, en otra vida,
en otro tiempo,
cuando nuestras manos ya no tiemblen,
cuando amar no duela,
cuando sepamos estar solos
sin que la soledad nos venza.
Tal vez ahí,
nos volvamos a mirar
y esta vez…
sea el momento.
Pero mientras tanto .... Como dicen en el sur de África, Sawubona.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
¡Gracias por haber comentado esta entrada!