No siempre sueño, pero cuando lo hago, es como si el tiempo se doblara sobre sí mismo y me arrojara otra vez al abismo.
No es un recuerdo exacto. No hay rostros, no hay palabras concretas. Solo sensaciones, fragmentos, como cristales rotos que me cortan desde dentro.
El miedo no llega de golpe. Se filtra despacio, como una neblina espesa que empieza en el pecho y me va cubriendo entera. Al principio intento resistirlo. Me digo que es solo un sueño, que estoy a salvo. Pero el cuerpo no escucha esas palabras. El cuerpo recuerda.
Siento la presión de unas manos invisibles, pesadas, invadiendo los espacios donde antes solo habitaba yo. Mi piel se vuelve ajena, como si no me perteneciera. Cada caricia deformada es una marca sin cicatriz, un grito que no salió nunca. Y la impotencia… esa es la peor. Ese ahogo de no poder moverme, de ser prisionera de mi propio cuerpo mientras la oscuridad se extiende.
Cuando despierto, no lloro. Me quedo quieta, respirando lento, como si cualquier movimiento pudiera despertar otra vez a aquello que duerme bajo mi piel. Me toco los brazos, las piernas, la cara… intentando convencerme de que sigo entera. Pero en el fondo sé que hay algo roto que no sé cómo reparar.
Durante el día, camino como si nada. Sonrío, trabajo, converso. Me he vuelto experta en construir esta fachada sólida. Nadie imagina que dentro de mí hay una casa con habitaciones cerradas, con puertas que crujen detrás de mí en cuanto intento acercarme. A veces siento que soy un espejo con pequeñas fisuras, y temo el momento en que una más lo resquebraje todo.
No siempre sueño. Pero cuando lo hago, el eco vuelve. Y me recuerda que hay heridas que no sangran, pero duelen igual.
CCR
😍😍😍
ResponderEliminar