martes, 24 de junio de 2025

Me perdono❤️‍🩹

Hay un silencio que duele más que el ruido del mundo, pesa tanto como ese te extrañon que nunca dije. 

Más que el que habita dentro cuando no sabemos perdonarnos.

Cuando el alma, cansada de tantas batallas, se sienta a mirarse en el espejo y no encuentra consuelo en su propio reflejo. Te sientes vacía.

Cuesta, cuesta mucho abrazar lo que fuimos cuando sentimos que fallamos. Cuando sentimos que no salieron las cosas como se esperaba. 

Cuando recordamos palabras no dichas, decisiones mal tomadas, amores entregados a destiempo, cuando sientes que el amor tiene que doler y no es así. Sueños que dejamos caer por miedo. 

Pero aún así, perdonarse es un acto sagrado. Es un susurro suave en medio del caos: “hiciste lo que pudiste con el corazón que tenías.”

No se trata de borrar la historia, sino de acariciarla con compasión.

De tomar esa versión rota de nosotras

y cobijarla con ternura.

Porque también merece amor. Porque también fue valiente, a su manera.

Perdonarse es soltar el látigo y abrir los brazos. Es aprender a ser hogar,

a hablarse bonito, a mirar atrás sin quedarse a vivir en la herida. 

Porque merecemos paz. Porque merecemos crecer sin cadenas. Porque el perdón no es debilidad, es libertad. Y cuando nos perdonamos, empezamos a reconstruirnos desde un lugar más real, más compasivo, tierno, amoroso.

Y sí, a veces cuesta…

pero cada lágrima que se cae en ese camino lava un poco del peso que cargamos. Y paso a paso, vuelve la luz. Vuelve la calma. Vuelve la voz que dice:

“te perdono, y aún así, te quiero.”


KCR



lunes, 23 de junio de 2025

Un acto de amor silencioso🦋✨

Vuelvo a esta sala y el tiempo se deshace. Las paredes son las mismas. Blancas. Frías. Ingratas. El aire huele a lo que no se dice: a silencio estéril, a miedo escondido bajo una bata, a decisiones que te rompen pero no se notan. Guau, así de golpe ? ! 

Estoy aquí para poder consultar una simple duda de una citación por mi barrita anticonceptiva . Pero mi cuerpo sabe que no es solo eso. Sabe que aquí, hace años, me quedé vacía por dentro. La espera se me hace eterna... 

Tenía 19 años. Aunque en ese entonces me sentía como una niña que había cometido un error demasiado grande. Estaba sola. No porque no existieran personas a mi alrededor, sino porque nadie podía sostenerme de verdad en ese momento. Nadie podía entrar conmigo a ese abismo.

Recuerdo sentarme justo aquí, en esta misma silla. Tenía las manos heladas, los labios mordidos y el alma hecha un nudo. Recuerdo el ruido del reloj, cada tic tac clavándose como una aguja. El tiempo no avanzaba, y yo no quería avanzar tampoco.

Lo supe desde que vi las dos rayitas. No grité. No lloré. Solo me quedé quieta.Paso el tiempo y pequeñas lágrimas caían sin cesar... Era tan irónico... ese instante en que muchas saltarían de alegría, para mí fue un vacío tan profundo que casi no respiré.

Lo amé, aunque nunca lo vi. Lo sentí, aunque nunca latió del todo. Era mío. Era parte de mí. Y también era mi miedo, mi angustia, mi límite.

¿Y sabeis qué fue lo más cruel? Que no quería perderlo. No quería. Pero tuve que hacerlo. No por comodidad. No por cobardía. Por amor. Porque no estaba lista para darle lo que merecía. Porque mi vida también contaba. Y nadie me enseñó a elegir entre dos amores imposibles: el que estaba creciendo en mi vientre, y el que yo aún no había podido construir para mí misma.

Cuando entre en la consulta para la intervención sentí que se apagaba una parte de mi alma. Tenía miedo,  mis ojos se hacían mares inmensos, una voz en la cabeza me decía , contente... Por un momento con la ayuda de la doctora me sentí tan segura y protegida. Me pidió que contase del 5 hacia atrás... 4, 3, 2, ... 
Salí con el cuerpo más liviano, pero el pecho… el pecho pesaba toneladas, aparte de sentirme en una nube e ir mareada, Salí con un zumito de naranja.

Desde entonces, hay días en los que me abrazo en la cama y lloro por alguien que no tuvo nombre. Por alguien que no llegó a decir “mamá”. Y me duele. Me duele profundamente.

Pero también aprendí a perdonarme.

Hoy estoy aquí, de nuevo, sentada con las piernas cruzadas, las manos sudadas y el corazón en pausa. Nadie lo nota. Nadie sabe que, en esta sala, murió una parte de mí. Y que esa muerte fue un acto de amor silencioso.

Si pudiera hablarle a esa yo de entonces, le diría: “No eres una mala persona. No eres menos mujer. No eres menos madre por haber elegido. Lloralo. Amalo. Pero no te odies más.”

Y me lo repito a mí misma también. Porque a veces, para vivir, hay que hacer lo que más duele.
Y yo… yo sigo viva. Aunque a veces, tenga que recordar que también morí un poquito para lograrlo.
KCR 

viernes, 13 de junio de 2025

La llave de todo lo entero 🌱✨

En un rincón del tiempo vivía Tara,
buscando afuera lo que dentro faltaba.
Miraba los ojos de otros, las voces,
esperando en ellas respuestas veloces. 
A veces ella lloraba y lloraba, ya que no se encontraba. Buscaba y buscaba pero aun así no encontraba respuesta hallada. 
Se peinaba el alma frente a espejos ajenos, temiendo ser poco, ansiando ser pleno.
Y cuanto más daba, más vacía quedaba, porque el cauce sin fuente jamás se llenaba.

Un día, en la calma de un bosque callado, oyó su propio latido pausado.
No era el canto de afuera, ni el juicio severo, era su voz, pequeña, sincera y de acero.
Le dijo:
"Buscaste en la lluvia, en el viento, en la brisa, pero la flor crece desde su raíz precisa.
No hay amor más completo, ni abrazo más cierto, que el que tú misma te des, profundo y abierto."

Comprendió entonces Tara el secreto escondido: que el amor propio es manantial encendido.
No es ego, ni orgullo, ni vana presunción, es cimiento, 
es refugio, es pura redención.

Desde aquel día, con paso sereno,
se miró en el espejo sin peso ni freno.
Y al quererse primero, sin duda ni velo,
abrió todas puertas, tocó todo cielo.

Porque en el arte sagrado de amarse sincero, se encuentra la llave de todo lo entero.
KKR

El eco que habita bajo mi piel 🌕

No siempre sueño, pero cuando lo hago, es como si el tiempo se doblara sobre sí mismo y me arrojara otra vez al abismo.
No es un recuerdo exacto. No hay rostros, no hay palabras concretas. Solo sensaciones, fragmentos, como cristales rotos que me cortan desde dentro.
El miedo no llega de golpe. Se filtra despacio, como una neblina espesa que empieza en el pecho y me va cubriendo entera. Al principio intento resistirlo. Me digo que es solo un sueño, que estoy a salvo. Pero el cuerpo no escucha esas palabras. El cuerpo recuerda.
Siento la presión de unas manos invisibles, pesadas, invadiendo los espacios donde antes solo habitaba yo. Mi piel se vuelve ajena, como si no me perteneciera. Cada caricia deformada es una marca sin cicatriz, un grito que no salió nunca. Y la impotencia… esa es la peor. Ese ahogo de no poder moverme, de ser prisionera de mi propio cuerpo mientras la oscuridad se extiende.
Cuando despierto, no lloro. Me quedo quieta, respirando lento, como si cualquier movimiento pudiera despertar otra vez a aquello que duerme bajo mi piel. Me toco los brazos, las piernas, la cara… intentando convencerme de que sigo entera. Pero en el fondo sé que hay algo roto que no sé cómo reparar.
Durante el día, camino como si nada. Sonrío, trabajo, converso. Me he vuelto experta en construir esta fachada sólida. Nadie imagina que dentro de mí hay una casa con habitaciones cerradas, con puertas que crujen detrás de mí en cuanto intento acercarme. A veces siento que soy un espejo con pequeñas fisuras, y temo el momento en que una más lo resquebraje todo.
No siempre sueño. Pero cuando lo hago, el eco vuelve. Y me recuerda que hay heridas que no sangran, pero duelen igual.

CCR 

martes, 10 de junio de 2025

A VECES ME ABRAZO CON LOS OJOS CERRADOS ... 🌱

Hubo un tiempo en que mi reflejo era un eco ajeno.
Me miraba al espejo y no entendía a la mujer que crecía en mi piel.
Había una niña dentro, asustada,
que guardaba los silencios como si fueran tesoros 
y sonreía para no estorbar.
La tristeza era su major amiga, 
se refugiaba de sus grandes monstruós. 

Me llevó años (y un par de inviernos crudos)
entender que crecer no es solo alzar la voz,
sino también aprender a escucharla
cuando dice cosas que duelen.
Dejé amigos en estaciones que ya no eran mías,
y amores que me enseñaron a llorar despacio,
sin hacer ruido.

Tuve que alejarme de personas que alguna vez fueron mi casa,
y descubrir que a veces el hogar es una habitación vacía
donde por fin puedes respirar.
No fue sencillo.
Aprendí que decir “no” es un acto de amor,
y que el perdón no siempre pide retorno.
Tuve que elegirme,
incluso cuando elegirte significaba quedarme sola.

Perdí muchas versiones de mí en el camino.
La complaciente.La que esperaba que la vida viniera a rescatarla.
La que creía que valía lo que otros veían en ella.
Las enterré con flores.
Les di las gracias y seguí andando.

Ahora me habito con más calma.
Hay días en que aún dudo,
pero ya no me traiciono.
Me abrazo con los ojos cerrados
y me repito:
estás creciendo, y eso también es amar.
Ser yo no siempre es fácil.
Pero es mío.
Y eso basta.

SAWUBONA🪻✨

Nos encontramos en un cruce callado,
con el alma rota, aún temblando de otras guerras. Disfrutando de un placer tan intenso, tan dulce tan especial...

Tú con tus silencios a cuestas,
yo con mis dudas escondidas en la voz.
No era el momento, lo sabíamos.
Pero aún así, ahí estábamos…
mirándonos como si el tiempo se burlara de todo lo que aún no sanamos.

Tus ojos tenían ese brillo,
ese que me arrancó el aire sin permiso,
como un faro en mitad de mi naufragio.
¿Hace cuánto no me sentía así?
¿Hace cuánto no veía esperanza en la mirada de alguien? ¿Hace cuanto no miraba a unos ojos y me derretía al instante ? 

Sentir por ti… dolía.
Porque lo que florecía en mi pecho
no tenía tierra firme para crecer,
y en nuestras manos temblaban promesas que aún no sabíamos si podíamos sostenerlas . 

Y sin embargo, el alma no sabe esperar,
ella se lanza, se parte, se expone,
sin saber de tiempos ni cicatrices,
como si amar fuera su única manera de sanar.  

Pero nosotros…
nos tocó aprender que hay amores
que llegan para enseñarte
lo mucho que aún necesitas estar solo,
lo mucho que duele mirar a alguien
y saber que no puedes quedarte,
porque aún no sabes cómo sostenerte.

La soledad… esa vieja maestra que no acaricia, pero enseña.
Nos mostró que a veces el amor más valiente es el que se detiene,
el que no fuerza, el que acepta que hoy no, aunque el corazón grite que sí.

Nos quedamos con ese instante suspendido,
ese destello en la mirada,
ese temblor en la voz,
esa promesa no hecha, pero sentida.

Y duele, claro que duele…
sentir que algo tan real
nació en un momento tan errado.
Pero también hay belleza en el dolor
que nos recuerda que aún podemos sentir, que no estamos rotos del todo,
que aún hay luz dentro.

Quizás, en otra vida,
en otro tiempo,
cuando nuestras manos ya no tiemblen,
cuando amar no duela,
cuando sepamos estar solos
sin que la soledad nos venza.

Tal vez ahí,
nos volvamos a mirar
y esta vez…
sea el momento. 
Pero mientras tanto .... Como dicen en el sur de África, Sawubona.