Estaba allí sentado, en aquel bordillo de la carretera desgastado por el paso de los eternos y largos años. En mi mano sostenía una libreta, una libreta la cual su forma era muy normal, pero su interior era tan y tan inefable que hasta que no te sumergieras en un sueño profundo junto a ella, no podías descifrar los misterios ocultos de los pequeños relatos que estaban plasmados en aquellas hojas blancas deterioradas por el tiempo. ¿Quien sería el responsable de aquellos escritos? ¿Alguna vez adivinare el autor, o tal vez moriré sin saberlo?
Mi mirada estaba plasmada en el suelo sucio, embarrado por la lluvia, pero un sonido melifluo me engatuso con su dulzura, suavidad y delicadeza. Aquella sensación no la recordaba, una sensación de seguridad, libertad, sensación de poderme mecer de un lado a otro sin miedo de lo que piensen los demás.
Pero una ráfaga de recuerdos vinieron a mi mente acto seguido.
Estaba allí, encima del escenario, grandes cañones de luz me enfocaban a mi rostro. Miraba al público, pero todo era oscuro, no podía ver nada, así que me prepare, era la hora. Allí estaba, aquella música, que permitía balancearse de un al otro, sin importar nada, escuchando los impulsos del corazón, y no los de mi mente. Un lado, otro lado, vuelta, salto, curvaturas, suelo, todo aquello que mis sentimientos podían llegar a expresar.
Pero sin embargo estoy aquí, en medio de la noche oscura que me estrecha cada vez mas, en el interior de su caricias gélidas reprimido.
↝Carla Canosa Roda↜